Tazas, recuerdos y las versiones de nosotras que dejamos atrás
Compré mi primera taza en Canadá hace unos 15 años.
En ese entonces era becaria con sueldo. Por primera vez en mi vida ganaba lo suficiente no solo para sobrevivir con lo necesario, ¡sino para ir de compras y a veces darme un gusto!
Una de mis primeras compras fue una taza (que sí necesitaba para mi Earl Grey de las mañanas) que decía:
“No soy adicta a las compras, solo me gusta mucho estimular la economía.”
Me dio risa. Me quedaba perfecto. Era una mujer joven descubriendo algo pequeño pero poderoso: la libertad de decidir. La posibilidad de tener objetos simplemente porque resonaban conmigo. Compré esa taza sin pensarlo mucho. Y, aun así, viéndolo en retrospectiva, ese momento marcó el inicio de algo.
Una colección.

Con los años se le fueron sumando más tazas. Algunas las compré porque me movieron algo por dentro. Otras porque me recordaban un día especial. Otras en mis viajes. Recuerdos de momentos, de ciudades, de versiones de mí. Diez años después, me di cuenta de que había juntado mucho más que objetos de cerámica. Había juntado una línea del tiempo.
Y un día, una se me resbaló.
Se cayó y se rompió. Esa taza era un poco diferente. Había sido un regalo, ¿ves? O sea, no una elección consciente para mi preciosa colección. Me la había dado alguien a quien amé. Esperaba sentir tristeza. Esperaba una punzada al verla rota… con “Bang Bang, you shot me down, Bang Bang, I hit the ground” sonando de fondo.

En cambio, sentí… ¡alivio!
Mientras recogía los pedazos del piso, entendí algo con mucha claridad: esta colección de tazas era un espejo. Cada una guardaba una versión de mí en un momento específico. Quién había sido. En quién me estaba convirtiendo, lo que también significaba quién ya no era…
Esa taza en particular se había quedado conmigo más tiempo del necesario. Cada vez que la usaba en mis mañanas tranquilas, me regresaba a una relación que había terminado, a una versión de mí que ya no existía. No era dramático. Era sutil. Pero ahí estaba. La usaba solo por costumbre y por practicidad.
Que se rompiera se sintió… correcto.

Me recordó algo de lo que habla Marie Kondo: la idea de que no deberíamos aferrarnos a objetos que ya no nos dan alegría. Que a veces soltar no es desperdiciar ni ser descuidada. Es consciente. Es respetuoso. Es necesario.
Así que supongo que esa taza se rompió por algo:
Hizo espacio. Y en ese espacio, algo más ligero ahora tenía lugar para quedarse.
Pienso mucho en esto ahora, sobre todo porque soy una compradora muy consciente. Todo lo que diseño, todo lo que traigo a mi vida, lleva intención. Los objetos de todos los días tienen un poder silencioso. Nos pueden transportar. Cambiar nuestro ánimo.
Marcar el tono de un día entero.
Importa preguntarnos quiénes somos, en quiénes nos estamos convirtiendo y qué nos sirve de verdad hoy. La vida tiene una forma sutil de hacerle espacio a versiones nuevas y más alineadas de nosotras mismas, si la dejamos.

Todavía tengo mis tazas. Me encanta elegir una según el día, el ánimo, la energía que quiero invitar. Y sé que voy a seguir comprando más.
Así que aquí va mi invitación para ti:
La próxima vez que elijas tu taza de la mañana, tómate diez segundos. Solo diez. Pregúntate cómo te hace sentir. Llénala no solo de café o de té, sino de la intención que quieras mover ese día.
A veces, eso es todo lo que hace falta para estar un poquito más alineadas con nosotras mismas.
Con amor, Anne.
Ahora, ¿no es obvio que TENÍA que haber tazas en mi propia tienda?!
Mira la colección en Hogar y Rituales <3
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